01 de juliol 2018

Procrastina que algo queda



Si el trabajo de los directivos es decidir ¿cómo algunos llegan a lo más alto por no tomar nunca decisiones? No hablo de política,  dónde los ejemplos son frecuentes, hablo de empresa y a menudo de empresas grandes. Estos directivos hacen del medrar sin decidir un arte. Podríamos decir que son activamente pasivos. Revolotean entorno las decisiones pero nunca toman determinaciones trascendentes.  Son príncipes de la procrastinación. Tienen algunos principios. Nunca dejaron aterrizar un problema en su mesa. Consideran que no les pagan por arriesgar. Prefieren arrimarse a quien corresponda que decidir. No se preocupan demasiado en pensar por su cuenta, les va bien compilando ideas en función de las modas. Son voces de coro, de las que cantan bajo pero sonríen al director. Son gregarios aventajados.

Sin duda que algunos de ellos tienen un buen fundamento técnico pero no tienen alma de directivo decisor. Nadie puede recordar nada concreto de su hoja de servicios pero surfean bien en las complejidades de la empresas.  En las reuniones, más que intervenir con criterio propio saben a quién adherirse en cada momento. Hablan después. Controlan las ocurrencias.  Tienen más retórica que discurso. Dan prosopopeya a la nada. 

Hacen que la burocracia juegue a favor suyo. Conocen bien las sinuosidades de los procesos. Son buenos creando oportunamente comités para no decidir.  Y comisiones, también están a favor de que todo tenga su comisión. Parece que trabajan mucho, pero solo están reunidos. Anticipan todos los imposibles de cualquier innovación y se recrean asumiendo como exclusivos los éxitos de sus equipos. A veces son simpáticos, pero no son empáticos. Delegan mal porqué delegan la competencia y también la responsabilidad. Nunca nada malo fue responsabilidad suya. 

Ante situaciones complicadas esperan que los problemas se diluyan. En estos casos, más que dudar, entretienen cualquier solución. Ni hacen ni dejan hacer. Si pudieran apostarían siempre a la X en una quiniela. Eso sí, cuando huelen caballo ganador, son los primeros en practicar la fe del converso si hace falta. Se mueven mejor que nadie en los intersticios de las conspiraciones ganadoras. Saben caer de pie. Se les podría aplicar aquella anécdota de Pío Cabanillas que cuando era subsecretario de Manuel Fraga en el Ministerio de Información y Turismo,  ante unos comicios, una periodista le preguntó  ¿quién ganará estas elecciones señor subsecretario? Y el gallego de Pío Cabanillas contestó: “ Ganaremos señorita, no sé quienes, pero ganaremos…”.

Y es que esos profesionales de medrar sin decidir son fácilmente elegibles. Siempre hay una cierta comodidad en escoger la mediocridad. Especialmente si quién los eligen no quiere tener que escoger entre dos buenos candidatos alternativos. Los que los eligen saben que no resolverán nada trascendente pero que tampoco serán contradichos. Por su parte, los elegidos  consideran que la meritocracia es algo que tiene que ver más con la inercia que con la competencia. La jerarquía es su hábitat natural y en ella saben medrar. Si llegan  a la cúspide no les queda otra que hacer lo de siempre: presidir inercias y encargar a alguien que piense por ellos. 

Antes estos perfiles profesionales tenían el tiempo como aliado. No decidir podía ser una estrategia para prosperar dentro de la empresa. Se trataba de tener paciencia, esquivar problemas y poco a poco llegarían mesas más grandes en pisos más altos. Pero algo cambió. El mundo se aceleró. La agilidad empezó a ser un requerimiento. Lo prudente ya no es enrocarse y esperar. Para muchas empresas tener directivos incapaces de tomar decisiones en la complejidad es un suicidio.

Los directivos están para decidir y no para marear infinitamente la perdiz. Deberíamos hacer un cierto homenaje a aquellos que se atreven, puesto que no lo tienen fácil. No es sencillo definir estrategias en un mundo bombardeado por disrupciones. Tiene mérito saber cuando tu organización debe apostar ya por el big data y la inteligencia artificial sin esperar más pero todavía sin resultados inmediatos en el horizonte. No es fácil innovar, saber tomar riesgos sobre opciones que el mercado determinará si funcionan tan bien como se antojaba en los prototipos. No es cómodo tomar decisiones sobre el talento y menos aún sobre el no –talento.  La vida de los directivos no es fácil, son gente que debe saber dudar en público, porqué si no dudan es que no son fiables. Es decir, no piensan. Es decir, no deciden. A estos directivos les sientan bien aquellos versos de Mario Benedetti: “Me gusta la gente con criterio, la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivocó / Me gusta la gente que al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos”. 

Debemos crear culturas corporativas dónde los directivos que no deciden, que no dejan hacer, que no son auténticos, reduzcan sus perímetros en vez de aumentarlos.  Hay que hacer más espacio a los emprendedores dentro de la empresa, aunque a veces fracasen. Vivimos en entornos tan complejos que algunos pretenden gestionar la complejidad sin tomar decisiones, pensando que procrastinando se resuelve todo. Y no es así.  Las empresas necesitan gente que calcule pero les sobran calculadores.

Este post se publicó en La Vanguardia el 27 de Enero de 2018 con el título "Medrar sin decidir"

La imagen es de una obra de Filippino Lippi


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