No cansarse de la propia empresa



Facturan casi 1000 millones de euros y no se alteran. Se sienten consistentemente frágiles. Piensan que todo podría cambiar muy rápido.  Subieron a pulso y desde abajo. Financiaron a pulmón. No estiraron más el brazo que la manga, pero arriesgaron. Coleccionaron noches sin dormir pensando más en las deudas que en los sueños. Salió bien. Son el capitán de su categoría. Blanden una gran marca. Pero el patriarca continúa viviendo en la casa solariega de siempre y cuando compran sus productos para uso particular van al supermercado como todo el mundo. Han innovado con alto impacto, pero no necesitan sentirse líderes en innovación ni ponen futbolines para aparentar modernidad. Son unos de esos campeones empresariales ocultos que no piensan en vender la empresa. Y no es cuestión de dinero. Es una manera de vivir. Un compromiso que les trasciende y que abarca una gran comunidad profesional. Esta empresa es su forma de estar en el mundo. Reinvierten todo porqué es lo que consideran natural. Tienen la última maquinaria en un gran complejo industrializado, pero mantienen el espíritu artesano. No olvidan sus orígenes y todavía procuran trasladar su alma a los productos. Saben de sus activos y luchan por mantener un itinerario de humildad que no les haga perder la identidad. 

¿Cual es su secreto? No se han cansado de ellos mismos. No se han cansado de su empresa. La gente cuando se cansa de su propia empresa hace tonterías. Mantienen una compostura natural del que lleva una larga trayectoria. Y si vendieran la empresa se sentirían tan huérfanos que intentarían volver a reconstruir sus mismos sueños paso a paso. Se nutren de su historia de cuarenta años, pero no se engañan, saben que una cosa es ser fieles a su trayectoria y otra no saber adaptarse. Los que enfrentan tradición con innovación acaban mal. La tradición se la defiende desde la innovación. Y no cansarse, y mucho menos cansarse de los clientes. Al contrario. Continuar contestando una llamada incómoda de un cliente al anochecer o en un sábado. Por mucho que hayas crecido, no cansarse de contestar llamadas de aquellos que son la razón de ser, es no dimitir del sentido de urgencia ni de la capacidad de esfuerzo. Dar ejemplo de estar al pie del cañón, aunque los números sean espectaculares. Madurar es crecer sin cambiar de valores, si acaso añadiendo matices. Llegar temprano, marchar tarde, siempre fue así. Rodar con un buen coche suficiente, de esos que hablan por si solos de un cierto respeto por los demás. Una cierta discreción que emana en aquellos que saben que los excesos casan mal con la consistencia.

Aprendieron a delegar todo menos el alma. Sin saber delegar es imposible crecer. Pero cada día al levantarse convocan la tenacidad. Todavía sienten esos nervios de los negociadores ávidos por cerrar un buen acuerdo y en la adrenalina del éxito encuentran algo más que dinero. Hay la oportunidad vencida, la que ahora es novedad y mañana será inercia.  Hay el trabajo por hacer. Hay la innovación que escudriña el mercado. Hay una rueda de aprendizajes que empieza desde arriba. Las empresas definen la formación de abajo hacia arriba, pero van mal si no saben aprender desde arriba hacia abajo. La única forma de continuar cruzando capacidades con oportunidades es orientar toda la empresa a aprender y a desaprender. 

He visto ya suficientes empresas como para saber que muchos empresarios o directivos se cansan de sus empresas incluso cuando va bien. Cuando una mantiene las inercias positivas y las combina con una imprescindible innovación es que no se cansa. Cuando uno se cansa de su empresa confunde innovaciones con ocurrencias y ahí empieza un festival de despropósitos que acostumbra a acabar mal. Innovar es un síntoma de no cansarse. Los que se cansan tienden a la inconsistencia y a la arrogancia de creer que se ganaron un puesto en el firmamento empresarial. Los que no se cansan saben que no hay garantías para los negocios por añejos que sean. Los que no se cansan, vigilan siempre. 

Los que no se cansan mantienen la capacidad de esfuerzo. Poco relajo. Los que se cansan delegan el esfuerzo. Los que no se cansan es por una motivación que va mucho más allá del hacer negocios, por algo que tiene de adictivo el idear oportunidades y convertirlas en grandes desafíos a los que vencer. Los que no se cansan es que aprecian el viaje. Los que se cansan solamente suspiran por las estaciones de destino en forma de un consejo de administración que administre inercias y reparta dividendos centrados en el corto plazo. Los que no se cansan miran lejos. Los que se cansan miran por el retrovisor y pretenden que el futuro sea una simple prórroga del pasado. 

Siento una gran admiración por esos líderes que traspiran inspiración y conjugan el compromiso en primera persona. Son esa gente que se gana el respeto yendo unos pasos por delante y dando ejemplo. Esos que saben que la consistencia es más fruto de los detalles que de los discursos. Son esa gente que siempre te convoca al futuro y deja que el pasado de los éxitos se filtre sin aspavientos. Saben rematar las oportunidades, para eso construyen sus equipos y les dan autonomía, pero nunca quedan atrapados en el éxito ni en el fracaso. Los resultados importan y mucho, pero el no cansarse y el mirar siempre adelante es su gran capital. 

Crear una empresa es disfrutar del viaje sin cansarse del paisaje. Algunas estaciones son amargas otras son dulces. Pero la consistencia reside en no llegar a una estación final y en entender cada parada como una nueva oportunidad. Una empresa no es un periplo solitario, es un viaje compartido. Es una comunidad la que viaja y si esa comunidad es consistente y no se cansa de sí misma, el viaje puede ser de largo recorrido. 


(Este post fue publicado originalmente en La Vanguardia el 26 de Agosto de 2018)

(la imagen pertenece a un esgrafiado del foso Jelení příkop del Castillo de Praga del siglo XVI)


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